Fred Wander, escritor austriaco, entregado por la policía de Ginebra a Vichy, superviviente de Auschwitz.

por Daniel de Roulet

La cineasta de Zurich Irene Loebell ha encontrado en los archivos de Ginebra las fotos de familia que la policía había secuestrado a Fred Wander en el momento de su detención en 1942. Ha ido a enseñárselas a Viena, ha hecho una película, Un Viaje a Ginebra.
Una polémica estúpida a propósito de esta película se ha suscitado en la televisión suiza romanche. Esta película ha sido presentada en el Festival de Soleure, después se ha emitido en la DRS y en 3-Sat. La cadena romanche en un inicio ha rechazado emitir este documental con la excusa que no convenía por su estética, y después ha retomado su decisión declarando que en ningún momento había querido censurar esta película.
Como será emitido, que los espectadores juzguen prueba en mano. Una cosa es clara, en este asunto no es Suiza la que es cuestionada, sino el gobierno de Ginebra que, al enviar a Wander a Auschwitz, se ha extralimitado en sus competencias. Para saber quien es Fred Wander, basta con leer sus libros.
Cuando preguntamos al viejo Sr.Riegner, que era secretario del Congreso Mundial Judío durante la Segunda Guerra, cuántas personas sobreviven hoy después de haber sido rechazadas por Suiza entre 1939 y 1945, responde: una veintena.
¿Y de estos veinte, cuántos son escritores? Uno sólo, sin duda.
Fred Wander, del que al menos dos libros evocan la historia personal. Una novela, “Hotel Baalbeck”, publicado en 1991 por Luchterhand y “Das gute Leben”, publicado por Hanser en 1996.
Es una bonita historia, es la vida de un hombre, nacido en 1917 en Viena en el seno de una familia pobre. Con catorce años, Fred Wander deja el colegio y a sus padres. Viaja, le gusta sobre todo Francia. En 1938, con 21 años, le pilla el Anschluss[1] de Austria en Alemania. Los judíos huyen en masa.
Fred estudia los mapas de geografía, y descubre un camino para alcanzar Suiza. Apenas cruzado el Rin, se encuentra cara a cara con un viejo gendarme que le quiere entregar a los nazis. Del otro lado del puente flotan las banderas con las cruces gamadas. Pero el gendarme se apiada de Fred, duda si entregarlo, propone una solución a su desgracia. Si Fred era comunista, podría ser detenido en Suiza, internarlo y luego eventualmente entregarlo a Francia. Así en 1938 Fred se declara comunista sin serlo, Suiza le salva y lo extradita sin entregarlo a los nazis.
En el París de antes de la guerra vive en el asilo de los borrachos y vagabundea. En 1939, cuando Francia entra en guerra, considerado alemán al ser austriaco, es detenido e internado primero en un campo de fútbol de París, y además de en campos precarios e insalubres en la campiña francesa. Así de un campo a otro, a veces se evade, a veces le encierran, recorre Francia. La guerra no le ofrece más destino que vagabundear.
En septiembre de 1942, su situación de judío austriaco en la Francia ocupada no es cosa fácil, sueña de nuevo con Suiza como refugio. Atraviesa a pie una montaña y consigue atravesar la frontera cerca de Ginebra. Pero la policía del cantón ha perdido su cara amable. La Suiza de 1942 no es la de 1938.
Fred detenido, arrojado al calabozo, encadenado a otros seis detenidos, es entregado desde la mañana siguiente a sus verdugos. (El jefe de la policía federal de extranjería, el siniestro Rothmund en persona, acababa sin embargo de pedir a las autoridades de Ginebra de no expulsar a los judíos).
La milicia francesa lo transfiere, todavía encadenado a los otros prisioneros, hasta el campo de Rivesaltes. Es ahí que concentran a los judíos antes de enviarlos a morir a las cámaras de gas. Como 80.000 otros entregados por Vichy, Fred marcha hacia Auschwitz, pero escapa milagrosamente.
En 1945, cuando termina la guerra, está en Buchenwald. Sueña con los Estados Unidos, ¿pero dónde conseguir los mil dólares necesarios para el visado? Aquí está con la cabeza rapada en la Europa en ruinas, de nuevo en un campo, primero en Salzburgo, después en Viena bajo control de la Unión soviética.
Encuentra un trabajo de reportero en un periódico vespertino, cotidiano comunista. Escribe tan bien que le invitan a un encuentro de escritores en Berlín oriental. Terminará por establecerse allí con su mujer Maxie, ya que su editor le paga en marcos del este que no valen nada en el oeste.
Sin embargo continúa viajando: Córcega, Italia, París, pero nunca Suiza de la que guarda un recuerdo no muy alegre. Alemania oriental construye el muro exactamente en el fondo de su jardín. Ahí es donde juega su hija de once años. Pero el terreno está mal estabilizado, la niñita es enterrada viva por un socavón de tierra. Literalmente muerta por el muro que separa el este del oeste.
Fred se muda, pero no sabe donde ir. Pese a su despecho, sigue en Alemania oriental. Su mujer Maxie se pone a escribir y publica una serie de retratos de mujeres del este, “Guten Morgen, du Schöne”. El éxito es considerable, 60.000 ejemplares desde el primer año. Pero Maxie sufre un cáncer que se va extendiendo. Muere en noviembre de 1977 y deja un diario que será vendido por centenares de miles de ejemplares, “Leben wär’ eine prima Alternative”.
Un año antes, ese mismo mes de noviembre, un joven suizo ha muerto de cáncer dejando un relato, es Fritz Zorn y "Bajo el signo de Marte" lo prologa Adolf Muschg. Ahora bien Maxie en su diario cuenta que le hubiera gustado conocer a Muschg…
Más tarde, en 1983, Fred Wander regresa a Viena donde cuenta terminar su vida. En 1996, en su ochenta cumpleaños, hace balance de su deambular. Es una autobiografía serena que se llama “Das gute Leben”, la buena vida.
El día menos pensado, el tiempo le dará la razón.
[1] En alemán Anschluss significa "anexión". Se refiere a la inclusión en 1938 de Austria dentro de la Alemania nazi.