La canción de las batallas desertadas

Lola Lafon*

«Si digo que tal o cual cosas no me gustan estoy protestando. Si me preocupo además de que eso que no me gusta no vuelva a ocurrir, estoy resistiendo». Ulrike Meinhof

 

¿Podemos seguir considerando como lucha algo que vacila en designar a sus adversarios?  ¿Cómo luchar contra lo que caminamos de la mano? Habría que empezar por incomodar, llegar a enfadar. Osar ser desagradable, pasar incluso por loca. Sospechar de esta docilidad que desde hace algunos años se viene apoderando de nosotras, como la pereza al final de un mediodía de invierno, de esta falsa insolencia adolescente, cuando, alegremente rebeldes, nos callamos en cuanto somos llamadas al orden. Habría que perder el miedo a dar miedo. Y recordar la pelea. La que te hace sudar, te pone las mejillas rojas y lanza tu melena al viento. Una pelea que mancha las manos. Habría que recordar que seguramente no será televisada y que si lo es, es que la coreografía ha sido regulada de antemano y que de ahí no resultará nada, ningún falso movimiento. Entre el «feminismo PERO» de los medios de comunicación (feministas pero hetero, pero guapa pero no mucho) y el que ha sido relegado con solemnidad a los museos o a las fiestas de moda, la liberación de los cuerpos coquetea cada vez más con el Paraiso moderado de un cuerpo liberal. Ya sea trash o legalista, el feminismo busca frenéticamente un lugar (y lo ha encontrado…), cuando de lo que se trataba quizás era de pretender estar orgullosamente fuera de todo lugar concedido.

El cuerpo del combate
Apenas después de haber sido liberado de una sexualidad normativizada y moralizada, nuestro cuerpo ha entrado en la era de lo obligatoriamente liberalizable. Liberalizable de su grasa, de líneas juzgadas demasiado desiguales que plastificar, de las neurosis que lo atraviesan o de los ovarios vagos. Y así es como están todas ellas volcadas sobre su propio «yo», masajeándolo con aceites de esencias y cuidando religiosamente el origen de los alimentos que le son propuestos a sus entrañas y diferentes orificios, empleándose con ansiedad en procurarle un número suficiente de orgasmos, a este cuerpo en constante «producción-funcionamiento», signo exterior de obligado equilibrio. Puesto que antes de nada, se trata de sentirse realizada, un nuevo dogma que parece prohibir cualquier tipo de desorden. Nos hemos convertido en nuestras propias criaturas.

Una casa de carne que huele a cerrado
Poder por fin debatir sobre el género, la prostitución y tener un acceso desculpabilizado a la pornografía, todo esto en cierto momento pareció crear nuevos(vas) seres sin trabas, lejos de un feminismo más victimista. Pero… subversivas, las mujeres interpretan incansablemente su sexo, su deseo, como encerradas en una casa de carne, ¿dentro de nada autófago? Bajo las divertidas apariencias trash, encontramos de nuevo aquí el eterno mandato dirigido a las mujeres de volver a su cuerpo, a su interior… Encerrada con mi sexo, ocupo de nuevo mi lugar, ese lugar que siempre ha sido el nuestro, el que contiene y donde se espera encontrar a las mujeres, esta casa muy caliente que es la intimidad. La radicalidad feminista parece girar hoy casi únicamente alrededor de lo que se hace, o se deja de hacer, a y con su cuerpo. Y cuando levanta la mirada de su cuerpo, ¿qué hace entonces el feminismo?
Le pide al Imperio que le haga un hueco, en sus márgenes o al centro.

Lugar de la elección o elección del lugar.
El cuerpo de las mujeres parece no tener más alternativa que la de entregarse siempre a un Imperio. Imperio o Estado, patriarcal, que nos protegería de sus leyes, el Imperio científico, el último hasta la fecha, se apodera de nuestros cuerpos como de textos parcelables. En definitiva, el Imperio total, el que contiene todos los demás, en el que, desde el momento que se paga, todas las elecciones son iguales y posibles. Imperio en el que hay que gozar de lo que tenemos o querríamos tener, gozar «ilimitadamente» con los ojos cerrados, lo mismo de un teléfono que de un juguete sexual.

Este «yo elijo» ideología.
Este «yo elijo ideología» invade los blogs, las novelas y los ensayos. Convirtiéndonos en cuerpos-sujetos, aislados los unos de los otros, siempre representados por nuestra palabra, el sacrosanto testimonio. Se exagera el recorrido personal, individual. Yo elijo, soy libre de. Y una se anima con estas nuevas posibilidades, todo terminará encontrando su lugar en los escaparates del «yo elijo», este supermercado de las ideas: vender su cerebro-trabajo a un Manager, o su vagina-trabajo en Internet, o incluso abrirse de piernas a la ciencia, que ha hecho del miedo a no tener hijos un mercado que no conoce límites, una vez más y de nuevo el vientre, maravilloso mercado en torno a las mujeres, blancas (en sentido político), claro está. A las Otras, a las no-blancas, la misma ciencia propone la esterilización, llegando incluso en la India o en China al feminicidio.

«Consumámonos los unos a los otros»
Si en algún momento, el derecho de hacer con su sexo lo que uno quiera ha estado a punto de parecer un ideal libertario, ahora, estamos muy lejos de ese insolente anticonformismo. Las palabras empleadas por los y las que dicen «capitalizar su sexo» están extrañamente muy próximas de las palabras de los que prostituyen su cerebro en un mercado cualquiera. Uno mismo «se gestiona» su «carrera», vende un servicio. Con el realismo pragmático de un director de recursos humanos, se preconiza una libertad impregnada de un olor a derrota absoluta, en el incuestionable redil del sistema de mercado.
Del cuerpo liberado al liberal, donde, como queriendo acabar con el moralismo, nos dormimos y caemos en los brazos del capitalismo, encantado.
Y con una torpeza completamente legalista, el feminismo sigue el mismo camino que el ecologismo blando y repleto de bonitas imágenes tristes de animales extinguidos y este gran cuento del capitalismo con rostro humano, verde y equitativo, se inscribe perfectamente en la época moderadamente biológica de la obediencia indiscutible. Y la paridad, reclamada a gritos hasta en el Eliseo, no es otra cosa que la falta de fogosidad. Querer reproducir el mismo mundo, pero en femenino, sin cuestionarse jamás este mundo…
Si a estas feministas les viene ofrecido un espacio en los medios de comunicación, puede ser que sea porque estén acariciando amablemente, cada una a su manera, el patriarcado.

Cyber-Pétain
Capitalismo, patriarcado, qué palabras tan feas que no nos atrevemos ya ni a pronunciar por temor a «excedernos».
Y sin embargo, el paisaje huele a enmohecido. De hecho, entre otras cosas, ahí está el retorno pétainista a los valores de la maternidad, con sus numerosas entrevistas a actrices famosas que siempre terminan con: el papel de mi vida ha sido ser mamá. Como por hacerse perdonar por el espacio arrancado socialmente a los hombres y volver siempre a su vientre, ese pasaporte hacia la norma. Hemos pasado de «un niño si quiero» de los años 70, a «un niño es el papel de mi vida» y todo esto se acomoda muy bien con «un niño a cualquier precio». O como los partidarios de la tecnologización del vientre de las mujeres que se unen a la instrumentalización y glorificación del vientre materno.

La palidez del feminismo
Entonces, para las blancas, están la elección de los debates y de los movimientos y para las Otras, las no-blancas, negras, árabes, de Europa del Este, gitanas y demás precarias, como se dice cuando uno no se atreve a decir pobres, a ellas les reservamos el combate más laborioso: tomar (y aquí el verbo tomar adquiere todo su significado) el espacio que les queda y la calle hetero-normativizada. Todo ello sin dejarse sermonear, juzgar por un trozo de tela de más o de menos, que deje entrever sus piernas o recubra su cabello.
Salir de casa, abandonar su intimidad, incluso su país y llegar a Francia. Encontrarse con el post-colonialismo desacomplejado y despreocupado, con la violencia administrativa y policial cotidiana. Para estas mujeres, también, nuestras Invisibles, están destinados todos los trabajos de «servicio», para ellas está destinado ocuparse de los cuerpos blancos, de limpiarlos y masturbarlos. No hay elección. Estas Otras que a menudo no tienen derecho a la atención de las feministas, tan poco numerosas como para defender a las sin papeles que, por ejemplo, son asfixiadas en pleno vuelo o violadas en los centros de retención.
Reflejo de la Francia del 2010, el feminismo olvida la pelea… seguramente porque la pelea es algo demasiado ¿poco femenino?

No renunciaré a la parte de violencia que me corresponde.
Las mujeres tentadas por la radicalidad se enfrentan siempre a un territorio pensado en masculino. Recientemente, en el caso de los «anarco-autónomos» de Tarnac, los intelectuales tanto de izquierdas como de derechas han comentado todos, fascinados, la figura viril del héroe encarcelado, Julien Coupat, mientras que Yldune Lévy, encarcelada por las mismas razones, no fue la heroína de su historia, sino que fue sistemáticamente descrita como la «compañera de», perdiendo así cualquier tipo de identidad con voluntad política propia. Desde Florence Rey, convertida muy a su pesar en icono del rock, a Nathalie Ménigon y Joelle Aubron (miembros de Action Directe), todas han sido descritas sistemáticamente como cegadas por el amor, siguiendo a un hombre (el cerebro). De entrada se las sitúa fuera de lo político en lo afectivo y lo psicológico. Como si el paso a la lucha armada de las mujeres fuese algo impensable, no fuese algo «natural», pues una mujer «está hecha» para dar la vida y no la muerte.

Ladronas de fuego
Creo que es el momento oportuno de volver a reivindicar a las pequeñas hermanas sucias y no mostrables del feminismo. Esas brujas acróbatas o niñas salvajes, Voltairine de Cleyre anarquista y feminista del siglo XIX para quien el «matrimonio era una mala acción», las Rote Zora, esas mujeres de la autonomía que en la Alemania de 1977 a 1995, entre otras cosas, atacaron con explosivos el Tribunal que se oponía al aborto y llegaron incluso a incendiar una catedral. Esos colectivos de chicas que en Francia organizan marchas nocturnas «para no dejarse pasar por encima de día», las Mujeres Creando en Bolivia y el Pink Gang de la India, esas «guerreras» en sari rosa, armadas de palos que atacan a los violadores, a la policía que se niega a tomar acta de sus denuncias. Volver a hablar de todas esas que, en diferentes épocas, en solidaridad con las mujeres más precarias, han puesto bombas en fábricas y han saqueado grandes almacenes para volver a sacar todo, libre y gratuitamente, a las calles. Hay que dar a conocer a todas aquellas que, reunidas en el Black Bloc de las manifestaciones, incendian cárceles de mujeres, poniendo así un poco de luz a su aislamiento. Son muchas las que van encapuchadas y de negro, incluso cuando este tipo de acción es tachado de «viril». Seguramente porque la destrucción de bienes simbólicos no puede ser un asunto de mujeres…  

«Es el momento de pasar de la náusea al vómito» (Mujeres Creando)
No sé lo que es el feminismo pero lo que sí sé es que se trata de tomar partido en un sistema que me destruye y me encabrona, no lo soy. Se trata de limitarse a ser ese agujero que consume y es consu-amable, saturado de órdenes y abierto a todas las obedientes «tendencias», puede que no lo sea. Quiero rechazar nuevos géneros, pero no tipos de alienación, no quiero el espacio, ni los sueldos de esos hombres de los que solo deseo su erradicación social, ni formar parte de toda esa náusea, por mucho que se conjugue en femenino. No encuentro ningún placer en ver mi cerebro englutido por mi vagina. No le exijo ningún derecho a este Estado, porque exigir algún derecho es lo mismo que admitir que no los tendremos todos.
Nos hace falta volver a aprender lo que es la rabia, aprender a devolver los golpes a los sexistas de derechas que se parecen tanto a los sexistas de izquierdas, si la ocasión lo requiere incluso a golpear antes. Las mujeres siguen siendo mercantilizadas, arrolladas, pesadas, registradas, calibradas, violadas por hombres, tanto blancos como no-blancos, detrás de las puertas cerradas de los lujosos apartamentos burgueses como en la periferia.
Tendremos que coger de la mano a las que, invisibles, desde el borde, nos contemplan de lejos. Volver a retomar la pelea juntas, la que te hace sudar y te saca la alegría explosiva de nuestras tan incorrectas celebraciones. Conspiremos, robemos, saboteemos, juntémonos por la noche en bandas para destruir a quienes nos destruyen, volvamos a ser esas bandidas febriles, esas niñas incorregibles que no se quedan donde las posan.
Es una época muy difícil para las ladronas de fuego… Solo podemos entonces volver a ser despiadadas y, sin ceder nada ni de nuestra vida ni de nuestro cuerpo, saturar cada átomo de placeres vagabundos, sin tener que pagar precio alguno por ello.

Bibliografía Voltairine De Cleyre: «D’espoir et de raison, écrits d’une insoumise» Lux Histoire y comunicados de las Rote Zora: «En Catimini». Fanny Bugnon: «Quand le militantisme fait le choix des armes: Les femmes d’Action Directe et les médias». Offensive Libertaire N°24: «Un autre genre d’aliénation» (Anita Bomba) Charlie Devilliers : «Les femmes et la lutte armée».

*Lola Lafon  es una cantante y escritora en lengua francesa, autora de 'Una fiebre ingobernable', traducido en Anagrama. Recientemente también ha publicado una última novela: 'Somos los pájaros de la tormenta que se avecina'.