Un recorrido por las librerías de Madrid

Despidos masivos, desempleo y la esperanza de un trabajo. Algunos han hecho de la necesidad virtud y se han autoempleado*

por Erich Hackl
Librería La Malatesta
Lavapiés se sitúa en el corazón de Madrid a quince minutos de la Puerta del Sol. Barrio tradicionalmente pobre, de inmigración y ocio nocturno, que tras los despidos masivos de los últimos meses se ha visto aún más empobrecido. Pero lo más sorprendente resulta el incremento del número de librerías. Me he propuesto salir a visitar unas cuantas de esas librerías no como cliente asiduo, sino para averiguar cómo hacen para sobrevivir en tiempos de crisis.

El camino hacia la más cercana lo encontraría incluso con los ojos vendados. Solo tengo que salir de la casa donde paso algunas temporadas y subir por Mesón de Paredes, dejando a un lado una pequeña Academia de Idiomas, Clubhaus Kaiser, en la que titulados en paro reciben cursos de alemán con la esperanza de trabajar de camareros en Berlín o Múnich. En el primer cruce se encuentra, entre una peluquería marroquí y la entrada de mercancías al garaje del Mercado de San Fernando, la Librería del Mercado.
La librería existe desde hace dos años y la lleva Cristina García, una mujer apacible, en medio de los cuarenta. Anteriormente había trabajado durante veintidós años en el departamento de ventas de una empresa de equipos de aire acondicionado. A la primera señal de crisis en el sector de la construcción, la empresa reaccionó con su despido. Tuvo suerte, pues eso fue antes de la entrada en vigor de una endurecida reforma laboral. La empresa la tuvo que indemnizar por eso, después de un largo proceso judicial, con 45 días por año trabajado. Ponerse a buscar un nuevo puesto de trabajo a su edad no tenía mucho sentido, así que se decidió, hizo de la necesidad virtud y se autoempleó. No tenía ni idea de vender libros. Siempre le había gustado leer, y de la indemnización podría vivir unos cuantos años, sobre todo porque el alquiler del local a 10 euros el metro cuadrado era bastante asequible.
Cristina no se puede permitir poner a la venta únicamente los libros que a ella le gustan no los que son de entretenimiento, sino los que ponen de relevancia la situación social. La clientela de paso es rara por esta apartada zona, y para el pequeño grupo de clientes fijos, que entretanto se ha ganado, es necesario que también ponga novelas de fantasía y alguna que otra novela erótica en el escaparate. Los recortes salariales afectan incluso a grupos profesionales relativamente seguros ante una perspectiva de crisis, como los profesores o funcionarios, que son los que además leen algo más que la media. Así que es inevitable que Cristina tenga que seguir viviendo de su indemnización. Sin embargo está satisfecha, los gastos y los ingresos se mantienen en equilibrio. Empezó con mil libros que tuvo que pagar por adelantado, y mientras tanto el fondo ha llegado ya hasta los cuatro mil, los proveedores le conceden ahora una fórmula de pago a sesenta días.
Sus antiguos compañeros han utilizado la indemnización para terminar de pagar las hipotecas de sus casas. Ahora están sin deudas, dice Cristina, pero la casa se les viene encima. Casi todos los días tiene que rechazar demandantes de empleo. Jóvenes licenciados con unos currículos, me comenta, que podrían ser los de cualquier alto cargo o directivo. 700 euros es el salario mensual que aspiran obtener, y aceptarían cualquier tipo de puesto de trabajo. Se pasa 45 horas a la semana sola detrás de su mesa de trabajo, ha llegado incluso a abrir el cierre con 40 grados de fiebre. La cantidad de librerías de los alrededores no las ve como competencia, sino como algo enriquecedor. Es prudentemente optimista, dentro del pesimismo generalizado, porque le ha salido algo bien, por sí misma, empleando a la vez sus fuerzas y su cabeza.
La segunda librería queda a tan solo un par de pasos, a la vuelta de la esquina, subiendo las escaleras que llevan al interior del Mercado. Hasta abril del año pasado estaba medio vacío, porque los clientes se han terminado marchando a los supermercados y superdescuentos. Se rumoreaba que un inversor iba a comprar el edificio. Entre tanto desempleados y subempleados han alquilado los puestos vacíos. Se habían conocido durante las protestas del 15M en la Puerta del Sol y se habían puesto de acuerdo para reanimar el mercado por medio de una acción colectiva. Ahora ofrecen productos y servicios que supuestamente son menos solicitados en tiempos de crisis, y les va bien. Verduras, aceite, vino de producción ecológica, buen pan, variedad de cervezas artesanales, gorros de lana hechos a mano, curiosos artículos de regalo. Un puesto de comida recién hecha, una sastrería de arreglos, un puesto de libros de segunda mano que se venden por kilo, a diez euros el kilo. Su nombre, La Casquería, recuerda lo que antes se vendía en ese lugar. De las seis personas que se hicieron cargo, después de un año, solo quedan tres. Una de ellas, Raquel Olózaga, me dice que ha cumplido sus expectativas, aun cuando con eso no les da para vivir de lo que ganan. Los gastos son de 100 euros por el alquiler del puesto, como mínimo, y los libros son regalos de conocidos o vecinos. Aceptan todo tipo de libros y rechazan criterios de selección políticos o estéticos, porque los consideran dirigistas; una postura típica de los Indignados.
Tres portales más adelante, está la siguiente librería. Se llama Traficantes de Sueños, unos sueños que emprendieron hace ya catorce años como cooperativa y en la que se incluyen también una editorial, una distribuidora y un estudio de diseño gráfico. En el gran vestíbulo de entrada de la librería se dan charlas y conferencias, desde hace poco también cursos sobre formas de intervención política. Esta oferta formativa se ha hecho necesaria, dice Bibiana Alonso, porque las universidades apenas proporcionan ya, debido a su estructura neoliberal, contenidos críticos con el sistema.
Bibiana lleva la librería y recibe, como empleada a tiempo completo, un salario neto de 900 euros. El negocio le es de sobra conocido, su madre tuvo una librería y ella misma trabajó en una imprenta. Los doscientos miembros de la cooperativa pagan cada dos meses 30 euros. A cambio reciben un descuento de un diez por ciento, además de todas las novedades de la editorial gratis, que publica una docena de títulos al año. Su tirada suele estar entre los 1500 y 2000 ejemplares.
Desde el primer momento estuvieron presentes en las protestas de la Puerta del Sol. Esto, dice Bibiana, les trajo nuevos clientes que hasta ese momento compraban en las grandes superficies. Pero este primer impulso de “consumo consciente” se ha visto luego frenado con la crisis. En la feria del libro, que tiene lugar al aire libre en el madrileño parque del Retiro, la facturación cayó un veinte por ciento, y las ventas en navidad disminuyeron un 25 por ciento. Ahora mismo, añade, se trata más de mantener el número de cooperativistas.
También la librería libertaria La Malatesta, tres calles más arriba, en la calle Jesús y María, está organizada por un colectivo de media docena de anarquistas, en la práctica sin embargo por Ricardo y Marcos, dos activistas en medio de la treintena, que no quieren dar a conocer sus apellidos. No solo se ocupan de la tienda y de un puesto en la Plaza de Tirso de Molina, donde la izquierda extraparlamentaria se da cita los domingos, sino que también llevan la editorial del mismo nombre, y que publica unos cuatro o cinco libros al año. Lo que mejor se ha vendido hasta el momento es la Conquista del pan de Kropotkin, la autobiografía del legendario anarquista español Cipriano Mera y una selección de textos sobre pedagogía anarquista.
La Malatesta se trasladó a Lavapiés hace cinco años. Antes estaba en Malasaña, otro barrio también muy popular que sin embargo se ha vuelto demasiado pijo, dice Ricardo. Allí alguna vez además habían sido amenazados por neonazis. Lavapiés en cambio es un barrio anticapitalista. El año pasado los vecinos llegaron incluso a echar una patrulla de la policía que quería detener a un inmigrante ilegal. La pequeña pero bien nutrida tienda es utilizada también como local de reuniones: la asamblea del 15M del barrio, una asociación de librepensamiento y un pequeño grupo de situacionistas celebran ahí sus encuentros. Todos los viernes por la tarde hay una presentación de libros, discusiones y debates. El objetivo es, según Ricardo, acabar con las divisiones entre anarquistas. Pero a mí me parece que tanto él como su compañero ya han logrado un objetivo más alto: establecer un lugar que alberga la conciencia histórica de la izquierda radical. El precio a pagar por ello es el de una existencia precaria; calculo que ambos no ganan más de 650 euros al mes. Esto es ahora mismo el salario mínimo establecido por ley. La pregunta sobre cómo se puede vivir de esto, me la devuelve Ricardo en forma de confesión: "es lo más importante que he hecho en mi vida"

*Artículo del escritor austriaco Erich Hackl y aparecido en el periódico Der Standard, con fecha de 26 de mayo de 2013. Traducción de Iván Maté para Contrabandos - Asociación de editores independientes de libro político.