La nueva intelectualidad alemana (1977-2008)


Entrevista de José María Ripalda a W. F. Haug

La entrevista se publicó en el nº 5 de la revista Materiales (octubre de 1977). En 1975 había muerto el dictador Franco y en 1978 se aprobaría la Constitución democrática aún en vigor. Por tanto la entrevista es un documento de la Transición española a la democracia. Todo el número de la revista lo es. Su primer artículo, que precedía a la entrevista, estaba firmado por WolfgangAbendroth. A continuación de la entrevista venían dos artículos críticos con el eurocomunismo y una sección de debate con cuatro artículos sobre el nacionalismo vasco. Especialmente interesante me parece el artículo en catalán de Ramón Garrabou –había otro artículo en gallego- , cuya tesis se ha revelado especialmente certera. Garrabou veía en la Transición a la democracia una gran operación destinada a excluir a las masas que habían luchado contra el franquismo y a anular la memoria de sus luchas, para concentrar el protagonismo en los dirigentes políticos. Resulta típico de esta fase de la “Transición” que aún se discutiera tanto del tema vasco, principal foco de la lucha contra el franquismo. En efecto, el que luego quedara excluido –ningún partido vasco participó en la ponencia constitucional- se debió a dos razones de fondo, una obvia: la oposición de los militares, la otra precisamente la indicada por Garrabou: que allí el protagonismo popular, cada vez más excluido, era irreductible al nuevo orden. Con ello se sentaban las bases de un conflicto de larga duración.
Mi interés como entrevistador de Haug se debía precisamente a aquello que Garrabou echaba en falta en España: 1º) formas extensivas de otra cultura, que cristalizarían en 1980 en la “Volksuniversität” de Berlin, para mí un modelo; 2º) constitución de ámbitos teóricos y profesionales de izquierda, siguiendo la estela del 67/68, en la revista “Das Argument”. Precisamente lo que hizo la dirección del Partido Comunista fue disolver, junto con los movimientos sociales, las asociaciones y redes profesionales que habían ocupado el campo cultural a la contra de las instituciones franquistas. La nueva consigna era organizarse “territorialmente” para las elecciones, interpretación estalinista del eurocomunismo, que sólo dejaba a los militantes la opción de peones de brega. También la Fundación de Investigaciones Marxistas abandonaba todo proyecto de alternativa cultural popular y se convertía en un organismo al servicio del Partido. Lo que Garrabou diagnosticaba se iba a convertir muy pronto en la realidad de la democracia española.
        De hecho la intelectualidad española de izquierdas se quedó huérfana y no sólo por el lado eurocomunista. El Partido Socialista Obrero Español, hasta entonces prácticamente inexistente, se convertiría, apoyado por Willy Brandt, en el partido vacío, ideal para apoderarse del poder. Su oferta de puestos y prebendas funcionó como una gran aspiradora de cuadros. Un jacobinismo sin revolución nacional fue el denominador común de la nueva buena conciencia progresista. El centenario del déspota ilustrado Carlos III le dio la oportunidad de ondear su bandera más representativa.
En cuanto a la revista “Materiales”, pronto sustituida por un proyecto más “militante” y menos “teoricista”, bajo el nombre de “Mientras tanto”, su influjo en la izquierda catalana no ha sido despreciable, ni lo fue, desde luego, en la oposición al ingreso de España en la NATO; sin embargo no ha podido superar la marginalidad de los no integrados y su enfoque está marcado generacionalmente; también presenta ciertos rasgos de integración en el “jacobinismo” español.

José María Ripalda, 2008.

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LA NUEVA INTELECTUALIDAD ALEMANA (1977)[1].


Informar sobre una revista, Das Argument, que acaso constituya en estos momentos el foco más importante de trabajo en ciencias sociales y políticas de la República Federal Alemana y ofrecer a un tiempo, al hilo de un diálogo con su fundador y editor, el profesor Wolfgang Fritz Haug, una imagen medianamente aproximada de la Alemania del « milagro económico » y de su Izquierda intelectual, constituye el objeto central de la presente entrevista. Das Argument[2] representa hoy, en efecto, algo muy similar a lo que en los años 30 pudo representar, en una Alemania en crisis, aquella Zeitschrift für Sozialforschung[3] en la que la llamada «Escuela de Frankfurt» construyó y fijó su imagen inicial.
El fenómeno Das Argument ha venido, además, a poner ante la innovadora evidencia de que la intelectualidad alemana de nuestros días no se corresponde ya, en sus representantes punteros, con los viejos clichés sobre la ciencia y la universidad centroeuropeas que la Revista de Occidente divulgó en su día entre nosotros. Por no corresponderse con ellos no lo hace ni siquiera con esa rejuvenecida versión de los mismos debida a los miembros más jóvenes de la Escuela de Frankfurt. Al círculo de colaboradores de Das Argument pertenece, desde luego, casi todo lo que hoy tiene un peso específico en las ciencias sociales y políticas de expresión alemana (en el área capitalista): W. Abendroth, G. Anders, H. Gollwitzer, K. Holzkamp, U. Jaeggi, O. Negt, K. H. Tjaden, H. J. Sandkühler, etc. Pero junto a ellos se encuentran siempre en sus páginas nombres nuevos. Rasgo este sin el que la constante renovación temática y la no menos constante capacidad de intervención política e ideológica de Das Argument apenas resultarían imaginables, desde luego.

Podríamos comenzar con una constatación elemental: el título de la revista que nos ocupa, «Das Argument», evoca más la discusión y la polémica que la voluntad de sistema supuestamente característica del trabajo intelectual alemán.
En efecto : no publicamos trabajos aislados, por muy buenos que sean, que no respondan a otros o no provoquen respuesta. Buscamos ante todo aportaciones que condensen y reflejen el pensamiento de muchos y que puedan, en consecuencia, ser comprendidas y repensadas por muchos.
La Universidad no educa precisamente en este tipo de pensamiento...
Bueno, nuestro grupo se propone educar, en realidad, contra la Universidad y empleo un término que no me gusta demasiado—. Sobre todo contra los comportamientos espontáneos del que se gana la vida pensando...
...en competencia con otros...
...y busca más, en consecuencia, destacarse de los otros que colaborar con ellos en objetivos comunes. En semejante situación no le resulta al intelectual muy fácil, desde luego, aceptarse como una pequeña pieza de un gran mosaico cuya construcción no resulta posible fuera de un trabajo comunitario.
Sí, pero no parece que una revista pueda ser otra cosa —o, al menos, serlo fácilmente— que un depósito más o menos definido, al que afluyen aportaciones individuales.
Quizá. Pero nosotros no somos un depósito. Para eso no haríamos la revista. Creemos, por el contrario, que nuestra tarea es otra: organizar una intercomunicación, un movimiento estructurado de discusión entre científicos, sobre todo de las generaciones más jóvenes.
¿Siempre ha sido así? ¿Desde los comienzos mismos de la revista?
Bueno, al principio Das Argument era una octavilla sin intenciones teóricas tirada por un grupo de estudiantes. Nos limitábamos a informar a la gente de una serie de cuestiones sobre las que la prensa alemana guardaba un silencio ominoso. Para ello nos suscribimos a la National-Zeitung de Basilea, al New York Times, a Le Monde, al Times londinense, al Manchester Guardian, por entonces verdaderamente liberal...
¿Por qué y con qué objeto? Dicho de otro modo, ¿a qué partido pertenecía aquel grupo inicial?
A ninguno. Formábamos parte de un movimiento humanista, ético, en el que los cristianos jugaban un papel muy importante. Hablo de una serie de estudiantes de procedencia y mentalidad burguesas. Era el movimiento «Kampf dem Atomtod» («Contra la muerte atómica»).
Se trataba, pues, de los primeros pasos en el proceso de formación de una opinión pública al respecto...
En realidad, el movimiento lo arrancaron y organizaron en Alemania la socialdemocracia y los sindicatos. Pero dejaron de apoyarlo tan pronto como vieron que en las elecciones no iban a obtener de él los resultados previstos.
Pero ¿por qué contra la muerte atómica? La República Federal Alemana nunca ha tenido armamento atómico...
Ciertamente. Pero en aquellos momentos Adenauer y Strauss intentaban dotarnos de armas atómicas. Impedirlo resultaba, pues, una tarea urgente a la que necesariamente había que entregarse. Y de hecho se consiguió. Lo que no hubo manera de impedir, en cambio, a pesar de todos los esfuerzos, fue el estacionamiento de cabezas atómicas americanas en suelo alemán.
De la intervención a propósito de aquellos problemas al « Das Argument » de hoy media un largo trecho...
Sin duda. Pero la revista tiene su origen en aquella situación. Procede lógicamente de ella. De la era de Adenauer : de una Alemania en la que políticamente reinaba una paz de cementerio, con los conservadores en plena recogida de la cosecha que el fascismo había sembrado. El movimiento obrero estaba literalmente aplastado; el Partido Comunista, prohibido. No había intelectuales marxistas, ni tradición marxista operante, ni tan siquiera libros marxistas. En las bibliotecas no podían encontrarse otras publicaciones que las acumuladas en el período anterior. En las universidades, por otra parte, apenas cabía encontrar profesores marxistas. Reinaba, en una palabra, la «tranquilidad». La tradición revolucionaria alemana parecía haber quedado definitivamente truncada.
Esa era la situación. Nada tiene, pues, de extraño que la escasa resonancia inicial de nuestra intervención nos dejara literalmente traumatizados. El grupo antiatómico vino a disolverse entre 1961 y 1962. Pero aquella impotencia inicial dio sus frutos. De la reflexión sobre la misma fueron saliendo, uno tras otro, los que en seguida serían nuestros temas fundamentales: primero el pasado alemán inmediato, o sea, el fascismo; luego el por qué de la especificidad social alemana, esto es, temas como la educación, sexualidad y dominación o la prensa, democrática desde un punto de vista formal pero enormemente eficaz en la manipulación y uniformización de las masas. De ahí que este último tema se extendiera a lo que podríamos llamar medios de comunicación y manipulación de las conciencias. Estos fueron, entre 1962 y 1964, nuestros temas básicos, los que después vendrían a ser llamados, institucionalizando un poco nuestra reflexión, «Argument-Themen».
¿Encontraron mejor acogida estos temas?
En un principio, no. La primera edición del número dedicado a «sexualidad y dominación» apenas superaba los 1.500 ejemplares. Y tardaron en venderse todos. Lo más interesante, en cualquier caso, es que este tema, que nosotros abordamos bastante en solitario, ha venido a convertirse en un tópico de los medios de comunicación, aunque convenientemente «integrado», desde luego. Cuando en la Universidad Libre de Berlín anunciamos por vez primera el tema, la gente se rió de nosotros. En el momento culminante de la revuelta estudiantil, no había otro que despertara mayor interés.
El grupo fundador de «Das Argument» debe ir ya por los 40 ¿no?
Cuando empezamos, en 1959, la mayoría estábamos entre los 20 y los 26 años. Algunos —los menos— iban ya por los 30; eran los que en 1945 tenían entre 15 y 17 años. Por encima de ellos, un gran vacío. Y más allá, los supervivientes —pocos—de la vieja generación antifascista. Me refiero a Günther Anders, a Probst Grüber, a Wilhelm Weischedel y, sobre todo, al teólogo Helmut Gollwitzer.
¿Qué era de esa generación « inexistente »?
Apunto, obviamente, a la generación que se dejó ganar por el fascismo, en su mayor parte por puro oportunismo. En las fechas que nos ocupan, ninguno de sus miembros quería saber nada de política. Era una generación de gatos escaldados con un lema bien simple: la política es una mierda.
Pero también es cierto que muchos de sus miembros habían simplemente desaparecido. ¡Cuántos de ellos podrían haber sido nuestros maestros y habían encontrado la muerte en algún campo de concentración! No pocos tomaron en su día el camino de la emigración. Algunos volvieron al acabar la guerra. Unos cuantos de entre éstos no se dejaron, no se han dejado integrar, no se han dejado comprar, sino que han preferido mantenerse fieles a su pasado. Los menos, desde luego. Algunos volvieron incluso de la cárcel, como ese maestro tan respetado y tan querido —un caso único en la Alemania de la postguerra—, Wolfgang Abendroth.
¿Y Horkheimer? ¿Y Brecht?
No hay comparación posible entre Horkheimer y Abendroth, por la sencilla razón de que Horkheimer se dejó integrar. Durante años guardó en un sótano su Dialéctica de la Ilustración, sin permitir su publicación...
...no me extraña, con lo mala que es...
...no, no, no se trata de eso. Le parecía, simplemente, demasiado « avanzada ». Y eso que la suya era una « crítica » abstracta, profundamente intacta de implicaciones inmediatas. Lo « totalmente otro » de que siempre hablaba quedaba, como es bien sabido, más allá de cualquier aproximación tangible al mundo de las concreciones. Horkheimer había roto ya todo posible puente[4]. Y, sin embargo, muchos de los que vivimos —y aún protagonizamos— el movimiento estudiantil quedamos, en un principio, literalmente fascinados por ese lenguaje apodíctico, oscuro, profético, con el que —sin puente alguno: insisto en ello— Horkheimer denunciaba la realidad.
Pues a eso le ganaba Adorno.
Por las fechas en que a Adorno le hacía la vida difícil el happening de sus estudiantes...
...cuando sus alumnas le montaron aquel famoso strip-tease en clase...
...pasé varias horas con él, tratando de convencerle de que todo aquello era una consecuencia posible —o quizá incluso necesaria— de su estilo totalmente metafórico, del exclusivismo de esa pura resistencia teórica a la que una y otra vez invocaba. Hubiera podido verlo muy bien, no le faltaban los instrumentos para ello. Pero lo cierto es que la conversación fue un fracaso.
¿Eso es todo lo que los estudiantes de esa Alemania en plena « restauración del conservadurismo » pudieron aprender de los «frankfurtianos»?
Por supuesto que no. Y eso es lo que hace tan difícil dar respuestas rotundas a preguntas tan generales sobre ellos. Recuerdo que por entonces —hablo del momento de su mayor proyección académica, al filo de su regreso de la emigración—devoré fascinado la Zeitschrift für Sozialforschung entera, con puntos y comas. No podría citar otra historia más intensa de la Alemania de los años 30. Un artículo de la misma, de 1937, «Los judíos y Europa» motivó en buena medida nuestra orientación hacia el tema «fascismo».
Tu valoración positiva apunta, pues, básicamente al Horkheimer del período anterior a la guerra.
Sí. Nuestra recepción de Horkheimer fue eminentemente histórica. Nos interesamos sobre todo por sus obras iniciales. Convendría no olvidar que precisamente a través de ellas llegó hasta nosotros —hasta mi generación— algo así como un soplo suavizado y distante de marxismo. El marxismo de la República Democrática Alemana, tan cercano lingüística y geográficamente a nosotros, nos parecía esquemático, inerte, simplemente falso. Achácalo si quieres— a nuestra mentalidad «burguesa»... O también a que entretanto la producción teórica de la República Democrática Alemana ha subido notablemente de nivel...
Pero no me vas a decir que Brecht...
Por aquellas fechas Brecht no era para nosotros sino un literato, un «hombre de letras» en el sentido tradicional de la expresión. Sólo a mediados de la década de los 60 fuimos descubriendo el teórico, el pensador original y poderoso que había en él. En 1968 Das Argument publicó una larga recensión de su Me-Ti. Buch der Wendungen, que acababa de ver la luz. Hablábamos de él como de un maestro, un maestro de pensamiento y de conducta. Un gran dialéctico. «Escribid como Brecht», decía una consigna de 1969 a nuestros colaboradores. Aquella recensión va ya por la 4.a edición. Sus verdades siguen en pie, aunque por aquellas fechas no dejaran de resultar desagradables, impopulares.
¿Para el movimiento estudiantil?
Precisamente.
Entretanto « Das Argument » había fijado ya su perfil político. ¿De acuerdo con qué proceso?
Una vez tomada buena nota de nuestro primer fracaso, y puesto conscientemente el punto final a aquella experiencia, los que quedamos del movimiento antiatómico al que me referí antes entramos en la Unión de Estudiantes Socialistas (S.D.S.). En cuanto a mí concretamente, pedí la entrada asimismo en el Partido Socialdemócrata (S.P.D.).
Del que luego te separaste.
Sí. Seis años después.
¿Te saliste o te expulsaron?
Me salí.
¿Por qué?
Dejé el Partido junto con un grupo de intelectuales como Ossip Flechtheim o Carola Stern. En cuanto al motivo... Bueno, digamos que la Socialdemocracia había ido optando por una serie de actitudes —traducidas en otros tantos hechos— que nosotros no podíamos compartir ya. La gota que colmó el vaso fue la expresión de condolencias por parte del Partido con ocasión de la muerte de un general de las S.S.
Sin embargo, hay quienes creen –o al menos creían por entonces—que la reconstrucción del Estado exige –o exigía—la solidaridad del conjunto de la clase politica...
No soy de esa opinión. No tendría que haber habido solidaridad con los comprometidos con las S.S.
De todos modos, parece ser que la hubo. ¿Cómo explicarla en el caso concreto de la Socialdemocracia?
Digamos que lo que se trataba era de ganar unos cuantos cientos de miles de votos de un electorado potencial, originariamente situado en la derecha. Es obvio que a ese lado del espectro político —y sociológico-- también suele haber descontentos. Pero ni siquiera en eso creo que hayan tenido éxito...
El movimiento estudiantil dio sus primeros pasos en Berlín en 1965. Para «Das Argument» aquella fue una época más bien difícil, ¿no es así?
La situación era muy contradictoria. Convendría no olvidar que más de una docena de líderes del movimiento estudiantil —de prácticamente todos los grupos— salieron del Argument-Klub, que ya funcionaba desde 1960. Y nuestros temas —los temas debatidos en la revista y en el centro de discusiones— pasaron a ser los temas centrales del movimiento estudiantil. Nuestro grupo de Marburg comenzó a ocuparse por aquellas fechas de un tema nuevo —o nueva era, al menos, su forma de tratarlo sistemáticamente—, el de los países subdesarrollados. No necesitaré insistir en el eco que dicho tema encontró en seguida en el ala más radical de la izquierda estudiantil. También es cierto, desde luego, que pasado el momento en que nuestros números —los primeros— cumplían la función de ejes de sus planteamientos y discusiones, el movimiento estudiantil elaboró sus propias teorías. Y de acuerdo, obviamente, con una lógica que no era ya la nuestra. De todos modos, insisto en lo anterior. Aquí tengo, por ejemplo, el cuadro de clases de la «Universidad Crítica», la anti-universidad que los estudiantes montaron por entonces contra la universidad de los catedráticos...
...anti-universidad de la que el club «Argument» fue un núcleo importante, un motor. De todos modos, antes de proseguir acaso convenga recordar que la que tú llamas «universidad de los catedráticos» era, en realidad, desde 1948 en que se separó de la «Humboldt-Universitát» de Berlín Oriental, la llamada «Universidad Libre».
Bueno, la «Universidad libre» fue una fundación anticomunista, que se apresuró a nombrar catedráticos a una serie de profesores cuyo historial democrático era un tanto -digámoslo así- «vidrioso». Más de un viejo nazi encontró en ella acomodo... No fue nunca una universidad tan «libre» y democrática como pretendía la propaganda. De todos modos sería injusto no reconocer que el «modelo berlinés» daba a los estudiantes mayores posibilidades de cogestión de las existentes en cualquier otra universidad de las de Alemania Occidental.
¿Cómo es que la «Universidad Crítica» no duró más allá de tres semestres?
Muy sencillo. La universidad oficial no aguantó el experimento. Lo cortó por todos los medios. Entre otros por uno particularmente sutil, aunque harto conocido : sobre todo a niveles inferiores —tutores, agregados— los temas y docentes de la «Universidad Crítica» fueron asumidos en bloque por la oficial. Ahí están los cuadros de cursos de los años 70, 71... Desde el 71 yo mismo doy oficialmente el curso de introducción al Capital, por el que han pasado ya más de 2.000 estudiantes. Por entonces comenzaron a estructurarse en la universidad también los grupos de lectura del Capital.
Pero con todo, para «Das Argument» fue una época difícil, ¿no?
Sí. El año 65 fue muy difícil para nosotros. El club se rompió; estalló en pedazos. Contradicciones antes solo latentes se tradujeron en confrontaciones en la calle, en luchas en el marco de lo que vino a convertirse en un movimiento de masas. Todo aquello, aquellas tendencias tan enfrentadas, no podían ser acogidas ya en un club.
¿Qué tendencias?
Habría que hablar de un amplio espectro: desde los anarquistas hasta los liberales, pasando por el Proletkult, los maoístas y flippies de todas clases.
¿En qué se traducía esa proliferación?
Los neoanarquistas condenaban tajantemente todo lo que pudiera «oler» a «ciencia»...
¿Anarquismo made in USA?
...si quieres expresarlo así... Lo cierto es, en cualquier caso, que la influencia americana era notable aquí. Más de una vez tuvimos la impresión de que se hacía algo por fomentarla... Piensa que de esta corriente —que tantos problemas nos creó—venían formulaciones extremadamente destructivas, del tipo de «quien se acuesta dos veces con la misma pertenece ya al establishment » o « no te fies de nadie que haya pasado de los 30 ». Consigna esta última que sólo podía alegrar a la CIA, desde luego, dado el aislamiento que propugnaba de la generación revolucionaria joven respecto del resto de la sociedad. Y no era esto todo. Recuerdo otras consignas no menos significativas: «abajo la ciencia», «la ciencia es estupidez especializada», «a la praxis», etc., etc. Esta última era también, por cierto, la consigna de la «Iniciativa para un Partido de Izquierda Proletaria» (PLPI). A consecuencia de todo ello —de haber vivido como urgentes todas esas resoluciones— centenares de estudiantes que hoy harían tanta falta como juristas, médicos o docentes demócratas abandonaron sus estudios.
¿Para hacer qué?
Muchos se quemaron, simplemente. Pasaron a engrosar las filas de alguna modalidad de underground. Podría remitirme a casos muy concretos... Por ejemplo, el de un tipo particularmente inteligente que en 1966 nos corregía pruebas. Dos años más tarde era uno de los portavoces de la Comuna 1. Cinco años más y ya se había casado con una conocida foto-modelo. Ahora tiene una boutique en Schwabing, ese barrio de Munich que tanto se parece a otro de Barcelona, ¿no?
Bueno, Schwabing es mucho más rico.
Así pues, aquel antiguo colaborador nuestro fue a parar al underground comercial...
¿Nadie optó, como en España, por la proletarización pura y simple?
Bastantes, desde luego. Uno de nuestros mejores redactores, por ejemplo. En este caso lo que se produjo fue un cambio de clase. Hoy trabaja en el metal. Es un sindicalista muy activo y, según me confesó no hace mucho, en lo último que piensa es en volver con los «intelectuales»...
Puestos a formular hoy un juicio general sobre todo aquello, ¿lo definirías, en términos globales, como una pérdida para el movimiento revolucionario?
...Sí...
¿Incluyendo casos como el último citado? ¿No se trata —o se trató— de algo mucho más serio?
En apariencia sí, por supuesto. Pero veamos la cosa con algo más de detenimiento. ¿Recuerdas la fuerte presencia de Marcuse en Alemania? Es evidente que muchos de quienes optaron por proletarizarse lo hicieron a instancias, precisamente, de una muy particular lectura de Marcuse. Lectura cuyos resultados «prácticos» podrían sintetizarse como sigue: los estudiantes —vino a decirse— estamos libres de la «integración» sufrida por la clase obrera, somos uno de los grupos de «marginados» llamados a cambiar la sociedad. Bajemos, pues, al proletariado y reorganicémoslo. O, como decían los adictos a expresiones más académicas, «reconstituyámoslo». Traducido a consigna: «a las fábricas», «a la base».
Sin embargo, Marcuse hacía tal propuesta sin dejar de hablar como «intelectual» —e intelectual, además, «tradicional»—. Nunca habló como obrero. Ni apuntando a un «descenso» a la clase obrera...
Quizá fuera un malentendido, pero lo cierto es que el propio Marcuse favoreció dicha interpretación. Por lo menos eso cabe deducir de su asignación al estudiante en cuanto tal de una misión histórica como la citada... Por lo demás, nada más lógico -que quienes siendo estudiantes le leyeron llegaran a tales consignas, dado lo irrealizable de esa misión en la propia universidad. En cualquier caso, desde el punto de vista de la burguesía todo aquello no dejó de traducirse en una conveniente y poco costosa «autopurga» de la juventud académica...
En «Das Argument» quedaron, por tanto...
...sólo los que —muy conscientemente— veíamos en la ciencia un factor importante. Importante también para la política, desde luego. En nuestra opinión, el movimiento obrero y, en general, toda la corriente democrática radical necesitaban con urgencia aliados bien formados científicamente entre los maestros, jueces, etc. Aliados de los que apenas había por entonces alguno. Por aquellas fechas comenzamos una nueva serie con el título, un poco pretencioso, de «ciencia como política»...
...no está mal como consigna. La consigna de «Das Argument», ¿no?
He dicho «ciencia como política» y no ciencia en vez de política... En el curso de un detenido análisis de una serie de problemas metodológicos desarrollamos la —por otra parte vieja— tesis de que la producción teórica no ocurre en el cielo de las ideas, no tiene ni puede tener lugar en un espacio socialmente inmaculado. Vinimos, pues, a insistir en la dimensión política, por así decirlo, del proceso del conocimiento en las ciencias. Y de hecho la revista dio un salto, duplicando su tirada en poco tiempo.
¿En plena revuelta estudiantil?
Me refería a los primeros momentos de la misma. Luego se estancó durante tres años.
¿Cómo interpretarlo?
Con el movimiento estudiantil vimos, por vez primera, cómo nuestras ideas se convertían en realidades compartidas, desarrolladas, practicadas en masa. Fue para nosotros una experiencia muy interesante, qué duda cabe. Pero, por otro lado, volvíamos a estar en la oposición. Eramos gatos viejos... llevábamos seis años en la política.
«No te fíes de nadie que haya pasado de los 30»...
Poco faltaba. En cualquier caso, volvimos a nadar críticamente contra corriente.
¿Qué era de los partidos políticos?
Todos ellos, sin excepción, estaban ausentes del movimiento estudiantil.
¿También los comunistas?
También. Por un lado los estudiantes, incluidos los activistas, eran todos ellos, como «buenos» alemanes, anticomunistas; los izquierdistas eran anticomunistas de izquierda...
...cosa que después ha cambiado radicalmente...
...por otro, los comunistas tenían una mentalidad de ghetto, lo que entretanto también ha cambiado. Lo cierto es, de todos modos, que por entonces no eran capaces de decir algo sustancial ni siquiera sobre los más urgentes problemas de aquella masa de estudiantes en movimiento. Apenas pudo verse un orador comunista. Uno de los primeros grandes mítines en los que pudo hablar un comunista fue el celebrado con ocasión del Congreso sobre el Vietnam, creo que en 1969. Y fue necesaria toda la autoridad de Rudi Dutschke, el gran líder del momento, para que aquél pudiera terminar su intervención.
¿Por qué ese anticomunismo berlinés?
No era nada específico de Berlín. Convendría no olvidar que el fascismo celebró su triunfo en Alemania entera y que también en Alemania entera exterminó a sus enemigos. Y aún más: consiguió culminar —con pleno éxito— a lo largo y a lo ancho del país un proceso de integración todavía operante en 1945.
Cierto es, por supuesto, que hubo resistencia. ¿Quién no recuerda algunos grupos heroicos, reclutados, sobre todo, entre los comunistas? Pero en opinión de los historiadores más competentes, poco antes de la capitulación la resistencia antinazi seguía siendo tan rara y escasa como durante todo el período anterior.
¿Olvidas quizá que aquí mismo, en el barrio de Wedding, las tropas de choque nazis tuvieron que tomar casa por casa en 1933?
En 1933 la cosa era muy diferente. En Alemania el verdadero cambio tuvo lugar entre 1933 y 1945. Es falsa la idea de que el movimiento obrero se mantuvo estable en la oposición durante el período de Hitler. Los nazis consiguieron partirle realmente el espinazo. Y lo hicieron con una brutalidad sólo comparable a la practicada con los judíos. Según un historiador inglés, fueron más de 150 000 los dirigentes obreros eliminados o reducidos a prisión. Personalmente creo que se queda corto.
¿Cómo explicar que no surgieran nuevos líderes? Se diría que los nazis lograron ofrecer algo más que brutalidad...
Bueno, yo diría, en primer lugar, que en un período histórico dado una clase obrera no tiene muchos más líderes. La cifra de 150 000 es lo suficientemente grande como para comprender a cuantos alguna vez tomaron la palabra en un mitin, o fueron capaces de formular una exigencia en nombre de los demás, o redactaron una octavilla.
A oídos españoles eso no suena muy convincente...
¿Por qué?
Como sabes, a propósito de nuestra guerra civil —y mi necesaria remisión a ella ya resulta suficientemente significativa— se ha hablado de varios centenares de miles de muertos. Pues bien: el movimiento obrero consiguió, a pesar de todo, articularse de nuevo .entre nosotros. Y en plena dictadura fascista...
...y ahí está también el caso del Vietnam. La cosa da, ciertamente, que pensar. Quisiera insistir, de todos modos, en que en Alemania lo más importante fue, sin duda, la integración material de los trabajadores. Al cabo de una crisis mundial que en la Alemania de Weimar arrojó literalmente a la miseria a millones de ciudadanos, la dominación nazi vino a asentarse paralelamente a un nuevo progreso económico. Hubo así, de nuevo, trabajo; por fin otra vez trabajo. Después de la Segunda Guerra Mundial se habló mucho, como recordarás, de «milagro económico»... Pues bien, la expresión no fue acuñada por Erhard, sino por el Ministerio de Propaganda nazi. España, en cambio, era demasiado pobre; su clase dominante demasiado parasitaria; el arranque de su régimen, otro.
A esto hay que añadir que el Tercer Reich agredió y saqueó nación tras nación, y una parte de lo robado fue repartida también entre la clase obrera alemana.
Pocos problemas tan decisivos, ciertamente, para la izquierda europea como este de la «integración» de la clase obrera alemana. Pienso, como es obvio, en la evolución, a lo largo de estos últimos decenios, de vuestra Socialdemocracia... Las raíces llegan, por lo visto, muy lejos. Pero volvamos a «Das Argument». Decías que en el momento culminante de la revuelta estudiantil estábais en la «oposición»...
En efecto; los que quedamos fundamos en 1966 un club dentro del club, el « grupo de trabajo Marx-Engels ». Un grupo cuyo objetivo era, obviamente, la propagación y organización del estudio de Marx y Engels, sobre todo la «crítica de la economía política». Un año después contábamos ya con cinco grupos- de trabajo sobre El Capital. Al cabo de poco tiempo, el movimiento de lectura de El Capital se había independizado ya completamente.
También la tirada fue animándose perceptiblemente. A finales de los 60 se duplicó durante tres años consecutivos, pasando el límite de los 10.000. Pronto llegamos a los 15.000 de salida. La explicación es bien sencilla: tan pronto como comenzó el «reflujo», entre las masas de estudiantes recién politizados, aislados, que habían sufrido derrotas proporcionales a su (tan escasa) experiencia política y que querían conocer las posibles condiciones de una acción eficaz, fue creándose, lenta pero sólidamente, un nuevo público para Das Argument. Tuvimos entonces que ponernos a reelaborar nuestros números atrasados, reimprimiéndolos una vez enriquecidos con todo lo que durante los años transcurridos habíamos podido y tenido que aprender. La reflexión sobre las condiciones de una acción política no condenada de antemano al fracaso tuvo, pues, que esperar cinco años: exactamente los que tenía de vida el movimiento universitario... Entonces fue cuando la lectura de El Capital en grupo se convirtió en un movimiento de masas.
En Francia la revuelta estudiantil motivó también una relectura de Nietzsche, de Freud...
También nosotros vivimos ese momento. A comienzos de los años 60 Das Argument se ocupó muy intensamente de Freud y también de Marcuse, claro es, pero sobre todo de Freud. En ninguna de las revistas que conozco se citaba entonces tanto —en el supuesto de que se le citara— a Freud como en Das Argument. Cuando algo después el movimiento estudiantil se volcó con un interés masivo sobre Freud, fuimos distanciándonos críticamente de lo que cada vez nos parecía más una moda ingenua. Con la paradoja de que este desvío nuestro respecto del psicoanálisis vino a coincidir con un aumento de la venta de los números que inicialmente le habíamos dedicado...
...es decir, cuando «Das Argument» ya había cambiado de paradigma...
Exacto. A partir de aquel momento nos centramos en El Capital. Y con un objetivo muy concreto: hacernos con el instrumental teórico necesario para el análisis científico de la formación social en que vivíamos. Casi por aquellas mismas fechas comenzaron en Francia también, por cierto, a «leer El Capital».
¿Cuál es la situación actual de «Das Argument»?
Al comienzo de los 60 teníamos unas 30 direcciones de autores posibles, de las que la mitad estaban ya anticuadas. Nuestro fichero alcanza hoy casi las 1.000 direcciones. De ellas por lo menos 500 lo son de gente realmente productiva. En quince años hemos conseguido, pues, coordinar —y no precisamente al azar— una masa de colaboradores efectivos o potenciales que cubre prácticamente todo el espectro de la producción intelectual.
¿Cabría hablar de algo así como de una «segunda generación» de trabajadores intelectuales pasados por la escuela de «Das Argument» y representantes hoy de las posiciones de la revista en las diferentes especialidades?
Es casi una pregunta para un sociólogo de la cultura... Digamos que ése es, efectivamente, el caso de bastantes de nuestros actuales colaboradores. Cosa importante, porque en principio tuvimos que formarnos a nosotros mismos. Cuando Das Argument comenzó a dar sus primeros pasos, éramos, simplemente, unos burgueses o pequeño-burgueses con buena voluntad y preocupaciones éticas. Ninguna tradición nos acogió : somos self-made-men, lo que no deja de tener sus inconvenientes.
Uno de sus críticos derechistas ha escrito en la « Neue Deutsche Zeitung »:
« Convertirse rápidamente en catedrático es, naturalmente, el deber y la meta de todo revolucionario marxista. La revista Das Argument, que edita Haug, inicia con éxito en las convenciones lingüísticas y mentales que esta tarea requiere. Y no faltan indicios de que el marxismo a lo intelectual alcanzará pronto entre profesores de Universidad y de Enseñanza Media la popularidad que el existencialismo tuvo en los años 50 ».
¡Ojalá fuera verdad! Es posible que hayamos impuesto o difundido cierto nivel de discusión teórica. Su influjo se nota, de hecho, en muchas revistas. Pero lo que en modo alguno se me oculta es que no somos otra cosa que un fragmento dentro de la actual cultura crítica alemana.
¿Caracterizarías, pues, « Das Argument » como una revista fundamentalmente teórica?
Sí. Y ello define el radio de incidencia de la revista, lógicamente. Nuestros lectores se reclutan, en parte muy fundamental, entre estudiantes y sectores críticos del profesorado universitario. Docenas de extractos de tesis e incluso de «lecciones magistrales» e « inaugurales » han visto la luz primero en Das Argument. A decir verdad, en los últimos años el número de este tipo de colaboraciones ha crecido mucho. Y ya sabes la importancia casi reverencial que estas « lecciones » tienen en la tradición académica alemana... Ignoro cómo será en España.
Después de la cita que te he leído, ¿te atreverías a decirme cuántos catedráticos han salido de « Das Argument »?
Actualmente tenemos contacto con unos cincuenta, que se han formado directamente en nuestro grupo.
Tengo la impresión, sin embargo, de que con todo y con eso « Das Argument » aún no « cuenta » entre las grandes revistas filosóficas alemanas...
¿A qué «grandes revistas» te refieres? ¿Filosóficas?
Filosóficas, como...
Revistas filosóficas a las que convenga el adjetivo que usabas no hay actualmente en Alemania ninguna. La tirada de todas ellas es muy inferior a la de Das Argument y su resonancia pública es prácticamente nula.
Cabría, pues, sostener que en estos momentos la vuestra es la mayor revista filosófica alemana.
Con mucho. Y entre las revistas culturales sólo hay una de mayor tirada, Kursbuch. Entre las especializadas nos pasa alguna en pedagogía. Y acaso también una revista directamente política, Blaetter für deutsche und internationale Politik.
Muy relacionada desde el comienzo con « Das Argument », ¿no? Pero los filósofos profesionales —y ahí es a donde apuntaba antes— ignoran vuestra revista...
Sí. Eso puede valer para los filósofos burgueses. Los marxistas...
...¿no hacen acaso lo mismo con los de posiciones enfrentadas a las suyas?
Permíteme que me remita a uno de nuestros últimos editoriales: quienes llegan al marxismo, decíamos en él, tienden a aprender de Marx y Engels ante todo a maldecir, a aplastar adversarios, no tomándose en serio lo que éstos dicen —desde un punto de vista objetivo— sino en un segundo momento. Pero, por otra parte, ni la polémica ni la beatería en relación con los países socialistas son cosa que pueda servirnos para nada. Autocríticos, al menos, me atreveré a afirmar que lo somos.
Pero a veces «Das Argument» da la impresión de estar a la defensiva...
La impresión engaña. Estamos desarrollando algo nuevo y no defendemos más que ese proceso en desarrollo. Al que viene de fuera no le resulta fácil darse cuenta de los riesgos y dificultades que esto conlleva. Recurriré a una ilustración a mi modo de ver muy esclarecedora: frente a los países socialistas tenemos, por una parte, una actitud crítica; pero, por otra, esta crítica es partidaria, ella misma, del socialismo. Entre ambos polos oscilamos nosotros y nuestros colaboradores. Entre estos últimos también hay, por cierto, anticomunistas.
¿Cuentan mucho en la revista estos colaboradores?
En absoluto. Para el anticomunismo no hay lugar en nuestra revista. Pero tampoco para un fanatismo que confunde la realidad con los ideales propios.
¿Cuál es entonces el papel de los colaboradores anticomunistas en « Das Argument »?
Hay colaboradores que al nivel general de la revista tienen posiciones anticomunistas, pero que en su especialidad valen y son realmente avanzados. A Das Argument le interesa exclusivamente esta objetivación.
¿Cómo funciona «Das Argumenta? ¿Es económicamente auto-suficiente?
Desde hace diez años, sí.
¿Cómo estais organizados?
Somos dos secretarios y siete redactores (entre ellos el editor, en el sentido anglosajón del término, que soy yo, pero sin más voto que el que como redactor me corresponde). Tenemos un gerente. Todos, pues, con voz y voto. En cuanto a la editorial, como firma, digamos, « comercial », es propiedad de los redactores y del editor.
¿Se mantiene constante el cuerpo de redactores?
De los siete de 1970 seguimos cinco. Muy constante, por tanto. Un elemento nuevo de los últimos años ha sido la formación de una serie de comisiones encargadas de garantizar la coordinación del trabajo de los colaboradores con la redacción. Estas comisiones son relativamente autónomas y preparan números enteros. Actualmente funcionan dos en Berlín (una para medicina y psicología, otra para economía), dos en Marburgo (una para teoría y problemas del estado y economía, otra para literatura), una en Bremen y otra en Hamburgo.
Por la lista de temas en preparación que « Das Argument » presenta este año, veo que mantiene alta su productividad innovadora. La serie especial monográfica piensa estrenar su « Anuario de medicina crítica » y va a proseguir también con su tratamiento a fondo del tema de la automación. En los números normales veo anunciada una discusión sobre las formas de socialismo, en la que, a lo que leo, participan —o participarán— los « primeros espadas » de la República Federal. ¿Corresponde esta productividad de « Das Argument » exclusivamente a la vitalidad de sus colaboradores? ¿O depende del ambiente político general?
Nunca en los últimos treinta años hubo en la República Federal Alemana más potencial izquierdista, más saber marxista, más experiencia práctica acumulada... Pero todo ello no puede impedir, sin embargo, que la intensificación actual de la lucha de clases —real a pesar de ciertas apariencias— empuje a los oportunistas hacia la derecha, con las consiguientes derrotas de la izquierda. Izquierda que por su división parece en buena parte incapacitada —hablo de hoy mismo— para una acción eficaz. Por desgracia.
No es un problema exclusivo de Alemania... ¿Podrías, por último, y a la manera de síntesis, bosquejar una breve cronología de « Das Argument »?
Distinguiría, con mayor o menor precisión, entre cuatro grandes fases:
1. 1959-1960: fase antiatómica.
2. 1961-1962: transición a una crítica social de conjunto.
3a. 1963-1972: diez años innovadores. Roturación de temas nuevos, precursores del movimiento estudiantil. Notable presencia en nuestras páginas de la «teoría critica» de inspiración frankfurtiana, pero con mayor atención a tareas solubles, sin «resignación» ante la realidad. También mucho Freud. Nuestro lema de entonces: «Aunque no podemos nada, tenemos que escribir como si estuviéramos en el poder». Ver en cada texto un posible programa de acción.
3b. Desde 1966 (simultáneamente con 3a.): fundación del grupo de trabajo Marx-Engels dentro del «Argument-Klub». Giro consciente hacia el marxismo, sobre todo hacia la crítica de la economía política.
Oposición dentro de la oposición extraparlamentaria.
4. Desde 1970-71: elaboración de los temas contemporáneos desde una perspectiva marxista.
Tratamiento sistemático de temas y problemas de interés teórico. Por ejemplo: «relación entre lógica e historia». Organización de discusiones. Polémicas.
Objetivo: realizar un modelo de marxismo tan abierto como consistente.


[1] Aparecido en la revista MATERIALES, núm. 5, sept.-oct. 1977, Barcelona.
[2] Das Argument, "revista de filosofía y ciencias sociales", se publica en Berlín y Karlsrube desde 1959, habiendo sobrepasado ya el centenar de números publicados. Aparece simultáneamente en dos series: la primera es bimestral, con un número de páginas anual algo superior al millar. De ellas aproximadamente la mitad corresponde a recensiones y revista de revistas. La tirada oscila entre los 12.0W y los 15.003 ejs., pero las frecuentes reimpresiones hacen que a veces estas cifras se vean duplicadas. Cada número se centra en un número limitado de temas, cuyo tratamiento puede ser ulteriormente profundizado y ampliado con discusiones y colaboraciones nuevas. El espectro temático va desde la crítica de la historiografía burguesa hasta la medicina crítica, pasando por desarrollos científicos diversos, en los que los científico-sociales resultan predominantes, aunque, desde luego, no exclusivos. La segunda serie se nutre de números especiales, con menor tirada y aparición irregular. Se publica desde 1974 y viene dedicada a temas estrictamente monográficos, entre los que cabna citar los siguientes : sindicatos, automación, música (Hans Eisler). monopolios...
Wolfgang Fritz Haug, fundador en 1959 y editor desde entonces de Das Argument, nació en 1936 en Esslingen am Neckar, en el actual estado federal alemán de Baden-Württemberg. Se doctoró en Filosofía en 1965 con un trabajo sobre Jean-Paul Sartre. Ha publicado varios libros de filosofía, estética y crítica de la cultura. El más difundido de los mismos, su Introducción al estudio de "El Capital" será publicado próximamente en castellano por la Editorial Materiales (Barcelona). Desde 1965 ha investigado y enseñado en la Universidad Libre de Berlín, en puestos docentes auxiliares, dando año tras año —con asistencia masiva— cursos sobre Et Capital. En 1973 su nombre fue incluido, en primer lugar, en la lista de candidatos a la cátedra de teoría de la ciencia del Instituto de Filosofía y Ciencias Sociales de dicha Universidad. A comienzos de 1977, en que Haug debía suceder a P. K. ayerabend en la citada cátedra, su nombramiento fue vetado por el Senado berlinés, dando lugar a un verdadero escándalo político-académico. A consecuencia de tal interdicción —hipócritamente razonada por sus autores mediante el recurso, tan conocido entre nosotros, a argumentos extra-políticos— W. F. Haug enseña actualmente en el Roskilde Universitetscenter de Dinamarca.
[3] La Zeitschrift für Sozialforschung ("Revista de Investigación Social"), que tan importante lugar ocupa en la evolución de la sociología crítica de nuestro siglo, comenzó a publicarse en 1932, con Max Horkheimer como editor de la misma. La Zeitschrift —verdadera cuna de la "teoría critica"— vio la luz como órgano publicístico del Institut für Sozialforschung (Instituto de Investigación Social) de Frankfurt/M, en el que figuras hoy tan conocidas como el propio Horkheimer (motor real de la empresa), Theodor W. Adorno, Günther Anders, Walter Benjamin, Friedrich Pollock, Herbert Marcuse, Erich Fromm, K. A. Wittfogel... iniciaron su productiva carrera científica. A consecuencia de la toma del poder por Hitler, la Zeitschrift tuvo, como el propio Institut y sus miembros, que abandonar Alemania. De los números correspondientes a 1933, sólo el primero pudo publicarse aún en suelo alemán. El segundo tuvo que serlo ya en Francia, donde la Revista continuó saliendo bajo el sello editorial de Feliz Alcan. La Redacción se instaló, de todos modos, en Zurich. El estallido de la Segunda Guerra Mundial motivó el traslado del Institut (y con él, el de la revista) a EE.UU., donde la ya célebre institución pasó a depender de la Columbia University. El último volumen de la revista —el IX, correspondiente a 1941— fue publicado así en lengua inglesa.
[4] Un desarrollo in extenso de esta crítica de Haug a Marcuse puede verse en su trabajo Das Ganze und das ganz Andere (El todo y lo completamente Otro"), del que hay trad. cast. de Manuel Sacristán en el volumen compilado por Jürgen Habermas Respuestas a Marcuse (Barcelona: Anagrama, 1969; véase esta misma página web).