Tendréis que matarnos, Natacha Boussaa

Así da comienzo Tendréis que matarnos de Natacha Boussaa, una novela que fue seleccionada en 2010 para el premio Style y galardonada con el premio Eugène Dabit a la mejor novela populista, un premio literario creado en Francia en 1931 que reivindica un tipo de novela que sitúe al pueblo, su vida, sus esperanzas y sus luchas en el centro de su escritura.Así da comienzo Tendréis que matarnos de Natacha Boussaa, una novela que fue seleccionada en 2010 para el premio Style y galardonada con el premio Eugène Dabit a la mejor novela populista, un premio literario creado en Francia en 1931 que reivindica un tipo de novela que sitúe al pueblo, su vida, sus esperanzas y sus luchas en el centro de su escritura.

Primera semana

1.

Viernes 10 de marzo de 2006, 15:00
 
Falsa sonrisa. Falsa amabilidad. Falso interés por todo lo que se agita delante de mí. ¿Cuánto queda? En la esfera inflexible, las agujas marcan el aburrimiento. Ojalá no me pidan nada más. Disfrazada de azafata, agonizo detrás del mostrador de la recepción de un edificio acristalado. Doy la bienvenida a la gente, como si todavía uno pudiera ser bienvenido en alguna parte. Desvío las llamadas a otros puestos, como si la humanidad entera dependiera de ello. Atiendo a todos esos altos cargos, directores de departamento, colaboradores y demás eminencias que pasan por recepción, como una nube de insectos que no cesa. Encaro sus miradas entre despreciativas y concupiscentes, mientras me saludan, me piden un pase, restregándome por la cara los varios salarios mínimos que suma el reloj que llevan puesto, prueba de lo acertadas que han sido siempre sus elecciones. «Se requiere buena presencia, dinamismo, rigurosidad, puntualidad, sentido del deber, discreción, capacidad de escucha y habilidades relacionales, imprescindibles conocimientos informáticos (Word, Excel, Internet Explorer) e inglés hablado», eso ponía en el anuncio de trabajo.

Y este precioso sol de principios de marzo me recuerda que la vida sigue al otro lado del cristal.

Catherine, mi superior jerárquica, nos informa que se va a una reunión. Excelente noticia. Por fin voy a poder leer, siempre que me lo permita el incesante cacareo de mis compañeros, Laurence, la otra recepcionista, y Baidy, el de seguridad. Por la forma de abrir el libro sobre las piernas, cualquiera podría pensar que esconde fotos licenciosas. ¿Labios tragones engullendo extremidades erguidas? ¿Culos bien abiertos esperando ser penetrados? No. No se trata más que de un libro. Un simple libro. Con palabras dentro. Dicen que la literatura ya no es subversiva. Sin embargo, basta con darse una vuelta por el mundo laboral para darse cuenta de todo lo contrario: por mucho que los libros se vendan en cualquier esquina, en determinados lugares siguen resultando obscenos, asquerosos, prohibidos. Aquí, solo están permitidos los periódicos de anuncios por palabras, las revistas, la prensa gratuita que reparten cada mañana a los trabajadores en el metro, como migajas de pan a las palomas. «Se hojea», «te quita menos tiempo que un libro», «es algo menos serio», «no das la impresión de estar tan ocupada», «no da tan mala impresión», dice mi superiora jerárquica repitiendo la voluntad de la Dirección, «¡no da tan mala impresión!».
De hecho, la parte de atrás del mostrador de la recepción esconde un enorme amasijo de periodicuchos, prensa sensacionalista, periódicos de anuncios por palabras y teleprogramas. La foto de una cantante famosa junto a un hombre que no es su acompañante habitual se intercala con Mercurio en su signo zodiacal para permitirle afirmar un poco más su propia personalidad, que se intercala con un peluquero de Beverly Hills desvelando cuál es su secreto a la hora de obtener un cabello superbrillante, que se intercala con diez consejos para hacerse respetar en el trabajo y cincuenta para sentirse bien consigo mismo... Es un alivio cuando mis compañeros se sumergen en la lectura de esos periodicuchos. Un alivio poder quedar por fin en silencio. Solo los comentarios jocosos de Laurence sobre la tripa arrugada de una famosa entrada en años me devuelven otra vez a la realidad.
Pero no escucho. No escucho nada. Me aíslo de todo. Como si no hubiera oído ni hablado a nadie desde hace horas. Ojalá pudiera olvidar todas las estupideces que he tenido que escuchar, que han salido de mi boca, que han quedado adheridas a mi cuerpo. Sobre mis rodillas, un libro abierto: 

Théophile Gautier narra su París, que va de la monarquía de Julio a la Comuna.
Ya está de vuelta caperucita. Se acabó el momento de respiro. Vuelta al tajo. Al uniforme de recepcionista. A la sonrisa de recepcionista. A la jerga de recepcionista. Guardo de golpe el libro en el bolso. Y entre dos llamadas que transmito al puesto 30 y a la oficina 10, apunto en mi cuaderno ideas, frases, dibujitos, las palabras que se me van ocurriendo, cualquier cosa con tal de conjurar el tiempo, el vacío, la muerte y la estupidez.

«Siento horror por todos los oficios», proclamaba Rimbaud, «maestros y obreros, todos campesinos, innobles». Nunca olvido estas palabras. Tengo veintisiete años. Estoy haciendo una tesina sobre el poema de Antonin Artaud, Van Gogh, el suicidado de la sociedad, y, desde los dieciocho, trabajo para pagarme los estudios. Recepcionista, cajera, camarera, monitora infantil, acomodadora en cines, teatros, profesora de lengua, secretaria, canguro, manipuladora, recepcionista de noche, vigilante de recreos y demás trabajos para salir del paso, así aprendí hasta qué punto aliena el trabajo. Hasta qué punto nos rebaja, obligándonos a perder el tiempo con cosas insignificantes. Y todo esto ya lo sabía desde que era pequeña, bastaba solo con observar a mis padres en casa por la noche, agotados y nerviosos: el trabajo es la peor excusa que se ha inventado el hombre para no vivir la vida. Y yo no quiero vivir como mis padres, encontrar en el trabajo asalariado la más mínima «realización personal», «respeto por mí mismo» o «dignidad». Da igual el trabajo que sea, el desprecio hacia los «superiores jerárquicos» me salvaguarda como un don recuperado a la vida. Sí, muy al contrario del discurso que las televisiones llevan hasta las más honestas moradas, yo no formo parte de esa juventud que vive con miedo a «un futuro empañado por la sombría perspectiva del desempleo», sino de esa otra que tendría en su mano todo lo necesario para eso que llaman «triunfar», todo menos el cinismo, o la ingenuidad requeridas.
—Lena.
—Sí, Laurence.
—Perdona que te moleste...
No se anda con tantos reparos cuando critica por la espalda a sus compañeros.
—Haría falta hacer una fotocopia de este documento y la fotocopiadora...
Natacha Boussaa, (París, 1974) es actriz de teatro y Tendréis que matarnos es la novela con la que debutó en el panorama editorial de las letras francesas. A través de la acción de su protagonista, una joven estudiante universitaria que va encadenando trabajos precarios uno detrás de otro, se va dibujando el relato de una educación sentimental y política en el marco de una sociedad que yace por completo bloqueada. Una novela que se centra en el contexto de las revueltas contra la reforma de ley de acceso al mundo laboral, unos acontecimientos que en 2006 sacudieron de un extremo al otro Francia. Y todo, con el trasfondo de París, una ciudad que recoge los ecos de un sinfín de luchas, revueltas e insurrecciones que se inscriben en su memoria. Tendréis que matarnos fue galardonada con el premio Eugène Dabit a la mejor novela populista, un premio literario creado en Francia en 1931 que reivindica un tipo de novela que sitúe al pueblo, su vida, sus esperanzas y sus luchas en el centro de su escritura. Un premio que han recibido autores tan prestigiosos como Jean-Paul Sartre, Jules Romains o Émile Troyat y que en 2010 recibió por esta novela Natacha Boussaa.